leer a Neruda es trabajo de amor: la atención en blanco no basta: la mera fría atención cerebral no sabe vestirse del barro nerudiano: se encuentran huesos y carnes que fastidian la razón, logrando nombrar por vez primera dioses ya olvidados: hay que venir armado de flechas sensibles, traer pan y vino, viento y sed, recordar los momentos más solitarios y argentíferos: hay que sentir la sílaba cada vez correr sobre la lengua, sobre arruga y poro, sobre cada nervio divergente...

el poeta traerá la goma de su sensatez austral, un desesperado correr verde de sus días, su febril antemano y una serena tardanza simultáneos: traerá bocas encendidas y ramitas de jazmín: se desvanecerá entre óleos y perfumes, petróleos y malgastos, tornándolo todo en humo de un hábil entendedor de señales, tornándolo todo en esperanza de que yaciesen verdades bajo la suciedad y la desvergüenza de este mundo: presenciará el mundo y lo hará tuyo de improviso, tuyo para siempre, y hasta sano de una vez: presenciará tu mirada repentina y te guiará a una placidez innumerable...

leer a Neruda es trabajo de amor porque sus palabras como frondas de palmera cuelgan imantadas por todo vertiente de instinto, deseo, desarrollo terrestre: el poeta nos hace cortar el trigo, formular medicinas, buscar ovejas perdidas hace tiempo en abismos propios: nos hace bajar la cara hasta ver cómo se teje la rigidez de un tornillo esencial, hasta ver cómo el destino se parece al metal fundido, hasta ver que todos lo hacemos todo para no morir, para aprender a sonreír desde las entrañas, para acabarnos respirando un Rodin culminante: nos hace bajar la cara y leernos a nosotros mismos en el polvo que vivimos pisando: es cuestión de amar la debilidad feroz, de fiar en la diferencia, de conocer a los horizontes sin movernos...

en fin, es incompleto siempre el proyecto de leer al poeta, incompleto porque vivía él en espacios múltiples: era pluripoeta, omnisencillo, un tejido de besos y gritos: en fin, no tendrá fin el proyecto, ni proyecto será, y por eso es trabajo de amor: no acaba nunca, no sabe acabar, se mete en venas de desnudez imposible, inventa un caos de horizontes a cada cruzar de horizonte: en fin, leer a Neruda se parece a la vida: sus trastornos, sus ideales y desengaños, la larga espera que padecemos: agonizantes, amados, envueltos en una lógica de barro, nos agarramos a la espera terrible que es esta vida: leemos sin fatiga este tejido de abismos y brisas, muda llovizna del intento de existir...

© 2000 Joseph Robertson
Primera versión publicada en Tintas Web, en el año 2000
Obra publicada también en el libro,
Breves penumbras

RECUERDO FETICHE REZO
JOSEPH ROBERTSON
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