Sucede que el momento en que uno entra en la más honda conciencia de que su entrada al Purgatorio es ya inminente, coincide con la decisión de por fin comenzar lo que uno ha demorado todas las mañanas de su vida en comenzar. El Purgatorio resuena con una brutalidad silenciosa. El paso es una transición frenética y espiral. No quiero despedirme. No puedo. Nací carente de ese ingenio. El fundamento zumba debajo de mis pies, un 'corazón delator' universal. No quiero negar la existencia. Ni de ésta ni de otra manera.

A Apolodoro vi, esta tarde. Lo vi posado en la rama de un árbol, frente a la iglesia, bañado en los estremecidos naranjas del ocaso. Un ejército de plumas en descanso, me miraba con abundante pero plácida sospecha. Aquel protector de lo inocente y lo limpio, aquel conductor de lo visionario y lo libre, había venido para comunicarse conmigo. Yo, un agente de esta civilización industrial, envuelto en los gestos categóricamente sospechosos de nuestra manía rutinaria, pasando por el terreno sin darme cuenta ni de que vivía, yo había invadido el dominio de su placer. Porque era él que quería verme a mí.

Ése fue el primer mensaje que distinguí en el aire que vacilaba entre nosotros. Apolodoro, creador del barro, de la neblina y de arenas cameleones, había venido para limpiarme el día, y yo experimentaba el regalo de su presencia con un miedo a un aire que vacilaba.

Ése fue el segundo mensaje: el reconocimiento del miedo. Había, habría que sondar fondo, suelo firme, porque no sentía nada parecido. El fundamento de todo zumbaba debajo de mis pies. Sentí estorbarse la solidez del ambiente. Hasta la iglesia cogía un ritmo en este escalofrío amplio del momento.

Entonces, meditabundo con la zumba terrenal, noté que Apolodoro quitó la rama y se puso a volar. Cayó cerca de mí, como en espíritu de humor, pero con otro mensaje en los ojos. La oscuridad: en el ojo que cayó, dentro de la cara rapaz de Apolodoro, mi profeta, hacia mí, encontré algo parecido a la voz de una oscuridad que todos llevamos dentro, la de siempre. Es la oscuridad que brota de una conexión impregnable. La conectividad describe cada experiencia que he tenido con otros seres, en este rincón de la posibilidad activa que llamamos el Ser.

Pero, no logro trasladarme. No puedo entrar en los nexos y cruzar al otro lado. Me quedo con mi exilio así exquisito, pero sin poder romperme el vínculo. Puede ser que este hecho es la fuente de toda la dificultad que separa un ser del otro, pero tendría que ser, además, el origen de la hermosura.

Me siente bien la idea de que la primera condición del ser es el contacto con los demás seres. Al final, todo duerme en un barco familiar. Rezamos en una nave materna. Este mensaje, el de la oscuridad conectiva, me compadece. Lo confieso.

Pero Apolodoro se ha posado en otro árbol, esta vez con una especie de furia quieta, en una rama que parece ser más fortaleza, agresiva y vigilante. El genio está suelto por el aire. Me halla envuelto en su silencio movedizo.

La primavera se anuncia de este modo. Un olor. No creo que sea el aroma de nada más que la primavera en sí, porque es un olor demasiado complejo para tener cuerpo físico. Es como oler la piel de una mujer querida, piel que puede ser todo lo posible, menos objeto físico, junto a la más mínima posibilidad de una temporada florida y circunscrita por abundancia, inmerso todo en el fragante rumor de un deshielo originario. La tierra, el vapor, el musgo, la memoria, y todo el contenido de una pérdida de sombras, se combinan para inventar lo que huelo en la primavera, en la piel antifísica de una diosa que nunca logro conocer concretamente.

Sólo viene Apolodoro en primavera. Y esta vez, mientras el sol se pone en el oeste, y las nubes se citrifican, lo entiendo. Las alas son una promesa. Y la vida alada es toda una prueba de su devoción. La vida alada es la verdadera encarnación de la fe.

Apolodoro me mira desde su raíz oscura, pretendiendo pasarme un hálito de la paciencia que conoce, que le deja conocerse a sí mismo. Pero los bienes tan hondos como el conocimiento del 'yo' no se trasladan tan fácilmente. ¡Qué lucha la vida vivida fuera de la paciencia!

Mientras corre la mente por los arroyos requisitos, cambia la luz. Es el tiempo que se interpone. Es la triste hora de la mentira. Lamento las mentiras. Hay que lamentarlas. Nacen con el deshielo, como nosotros, como por primera vez, y se cuelgan de un eco de luz pasajera y se mueren. No buscan ni ofrecen disculpas. Se mueren. Sin haber valido nada. Sin haber servido para ningún bien duradero. La mentira se muere y la oscuridad se ahonda y nos quedamos implacablemente existentes. Solos.

Es el tiempo que surge sin remedio dentro de mí que estimula la pregunta, ¿qué hora es? ¿Cuánto tiempo llevo comunicándome con este halcón profeta? ¿Estoy ridículo? ¿Es ésa una de las condiciones de la existencia?

Habrá trabajo. Es evidente. Tendré que luchar contra mis vastas y expertas ansias. Más tarde, tomaré un buen aperitivo y meditaré sobre la posibilidad de existir más allá del deseo, y por lo tanto, de volar por encima de la gran lucha contra la ansiedad.

¡Ahora mismo! Hay que tomar una decisión. Bueno, ahora mismo, no, en fin, pero me gustaría lograr una decisión sobre este asunto, antes de hacer otra cosa. Le preguntaré a Apolodoro si sabe suspender el trabajo del tiempo.

La decisión como tal no tiene que coincidir con una población de ansias; puede ocurrir en forma de celebración, incluso de evento sagrado. Pero esos son nomás otra especie de ansias tratando de poblar el tiempo. Es una cuestión de hacer sagradas a las ansias vienen a visitarnos. El individuo, en teoría, podría tomar una decisión, sentirse no sólo en tierra firme, pero además en tierra sagrada, y por eso lanzarse al acto como en actitud de júbilo existencial.

Apolodoro me mira. Me recuerda de cuando viajaba en barco de vela. La oscuridad de aquellos ojos es la misma que me encontró en Sri Lanka, la primera vez que conocí al profeta. En aquella primavera, tan lejana y ajena a la presente, tan igual y gemela a la vez, mi profeta fue mendigo. Bajo el agridulce crepúsculo, al lado de una puerta, que parecía haber existido siempre, lo vi y pensé de inmediato, tal vez por la manera en que su cuerpo se postulaba a la vida, casi sin existir, que yo también siempre había sido mendigo. Iba de puerto en puerto, pidiendo limosna del destino, porque alguién me había roto la promesa de unas alas que nunca he podido encontrar.

Y dentro de esa oscuridad, en Sri Lanka, como ahora, aquí, esta tarde, de nuevo, pude distinguir una rara verdad emergiendo desde la alfombra morena del infinito. Dentro de la presión de tales estados afectivos, de reflexión, frente al mensajero que llamo Apolodoro, la experiencia de aquella placidez inesperada fue como conocer a un ser hecho completamente, limpiamente, de luz.

¿Puede ser que dentro de la conexión inter-ente impregnable y sin fin, haya otra cosa? ¿Puede que exista, en medio de los viaductos de lo cotidiano, el ser que se compartiría conmigo, que abriría mi exilio, de esta manera? He viajado, y he vuelto, e imaginé, en el instante en que me di cuenta de que había dado la vuelta al mundo entero, que cada movimiento participaba en un intento de descubrir algo genuíno, algo que no se despida al llegar la primavera y que no se exilie al nacer.

Pero cada movimiento me demuestra una física de vapores. Un respeto genuíno para todo lo real o irreal se ha convertido en una duda genuína, escarlata, y profunda. Esta tarde, he vuelto a recordar las tinieblas de mirada paterna, peregrina de Apolodoro.

Buscarme en esos ojos es participar en una lectura existencial del tuétano de mis sentimientos. Lectura de algo solícito y sin comienzo. Y dentro de esa lectura de mi ser, he vuelto a sentir aquella inacertable, plurisemántica luz, fórmula de la palabra viva, sujeto de toda búsqueda. Según yo.

© 2001 Joseph Robertson


UNA PROMESA DE ALAS
JOSEPH ROBERTSON
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