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Nuevo libro de Antonio Alizo, en creación en estos momentos

by Antonio Alizo on Apr.25, 2010,
under Books, Español, Prosa

Mauricio quería destacar en la vida para contradecir a su padre que, cuando después que cumplió los 16 años su única aportación a su futuro era recordarle que nunca llegaría a nada, que se parecía a su abuelo, que nunca dio un palo al agua.

No sabía su padre que lo que más le enorgullecía era que le comparara con su abuelo, que había sido coronel del ejército y que había luchado en las guerras de África. Se extasiaba cuando le contaba sus batallas y cómo había sobrevivido de milagro a todas ellas. Allí estaba retratado en un cuadro en el salón con su uniforme militar. Era la única representación de su abuelo que había en toda la casa. Sin embargo, su abuela estaba en varias fotos en distintas partes.

Él estaba allí con su casaca azul y sus entorchados y la medalla de la campaña de Cuba, con sus bandas azules, de la Marruecos, amarilla y azul, la del Sahara, blanca, azul y negra con su estrella y media luna, la cruz a la constancia, pero faltaban otras que vinieron después de ese retrato. Y su hijo decía que no había trabajado en su vida, porque se había limitado a vivir de un sueldo del Ejército.

-Yo sí que he trabajado, nadie me ha regalado nada -decía Pedro Guzmán, el padre de Mauricio.

Después supo que no era del todo verdad: le habían dado un crédito para empezar a montar sus negocios por intermediación del abuelo, por sus influencias en las altas esferas del poder. Es verdad que luego su inteligencia hizo el resto, pero sin el abuelo no hubiera sido posible.

Cuanto más denigraba al abuelo, Sinesio Guzmán, Mauricio más le admiraba. Echó me menos cuando murió ya de viejo. Le contaba sus batallas y se imaginaba que era un superhombre, que volaba por encima de sus enemigos, que se quedaban atónitos y que no le podían derribar, incluso más que el supermán del cine que tenía toda clase de poderes que le hacían ser superior, pero su abuelo era solo un hombre que se bastaba a sí mismo y no necesitaba de la tecnología ni de piedras milagrosas. A él le gustaba la película, pero en la comparación ganaba su abuelo.

Recuerda un pasaje extraordinario, con el que más disfrutaba. Su abuelo se lo conto varias veces porque olvidaba las anteriores:

-Estábamos atacando un fortín, éramos la mitad que ellos. No se dieron cuenta porque cada uno peleaba por cincuenta de los otros. Pudieran haber salido del fuerte y nos hubieran barrido, Pero no, aguantamos con un solo cañón que se calentaba y teníamos que esperar diez minutos hasta que se enfriaba. Con el calor del desierto era un milagro que aguantara en pie.

-¿Cuantos érais abuelo? -Mauricio solo hablaba para preguntar, quería extraer toda la información posible para guardarla en su memoria.

-Cien, y con bajas cada vez que atronaban sus diez cañones. Como por milagro, nuestro cañón acertó a dar en la parte débil de la muralla y abrió un hueco de 2 metros de ancho. Ni un segundo tardé en arrancar con la espada toledana en la mano gritando con todas mis fuerzas ¡al ataque! No miré atrás, las balas silbaban a mi alrededor, creo que en ese momento me rozó una en la mejilla, pero no me di cuenta hasta que todo había terminado. El caso es que detrás de mí iban todos los 80, los que éramos, no se había quedado nadie en la trinchera, fue tal la sorpresa de los defensores que después de una pequeña resistencia y de algunas bajas suyas, depusieron las armas. Nosotros habíamos perdido otros diez, pero habíamos vencido.

-¿Y qué paso después?

-Desarmamos a todos nuestros enemigos y los encerramos en los calabozos, arreglamos los desperfectos del fuerte.

Capturamos mucho material. Con esta acción controlamos el paso a aquella región y la dejamos segura, era un lugar de paso y descanso para nuestras tropas. Ya no pasarían miserias en el desierto durante días y días
El abuelo murió pocos años antes que su propio hijo. Hasta el último día de su vida estuvo lúcido, nadie sabía que se iba a morir hasta 1 día antes, a punto de cumplir los 80 años. La abuela hacía casi diez años que ya no estaba. Aunque todo el protagonismo público lo tenía él, la abuela en su casa era la que disponía todo, prácticamente dependía para todo de ella. Era el número uno en el campo militar, pero en la casa era un desastre, era un hombre de su tiempo, de principios del siglo XX. Le afectó tanto la muerte de la abuela, que era incapaz de vivir solo. A pesar de no congeniar con su hijo, éste no tuvo más remedio que llevárselo a la casa familiar y dejar las casas militares en las que vivía. Le daría una habitación con todas sus cosas, las placas militares, sus condecoraciones, sus fotos, y su vida anterior y con eso tendría suficiente. La casa era bastante grande como para no verse si su hijo no quería, excepto en las pocas ocasiones que tenia la oportunidad de hacer comidas familiares; su trabajo o viajes le alejaban de la casa familiar la mayoría de las veces.

No le permitía hablar de sus batallas delante de él. Eran fantasías, imaginaciones del abuelo, le decía al principio, y tuvieron varias discusiones por ello, el abuelo se enfadaba mucho que dudara de lo que contaba. Al final terminó por hacerle caso y por no hablar más, pero tenía a su nieto para recordar la historia de su vida.

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