La luna se aleja, no veo el camino; estoy lista, medito, pero el futuro no me pertenece. Por lo tanto, no duermo. Busco en las tinieblas, hacia las cuatro, mi nombre; ya no existe. Esta experiencia desconcertante me gusta, porque ayuda a definir los límites; sé hasta dónde tengo que limitarme en sociedad. Imagino que el yo, en general, es un fenómeno menos comprobado que lo que pensamos.
Hace años, mi madre me contó una historia: un hombre joven, viudo, fue a la montaña, a buscar a Dios; su desesperación se había convertido en su lema, su mantra, su melancólica densidad. La luna se alejaba. Solía postrarse y mirar hacia arriba, esperando poder decir el nombre de su mujer desvanecida: jamás pudo. Una vez, años más tarde, le contaría a su nuevo amor que en esos estrechos descubrió que el nombre del amado no existe; sólo existe su ser, su indicio, su llamado.
Ética, me decía mi madre. La ética es lo que nos une, y ese hombre había descubierto que todas las acciones son éticas. El insomnio es un terreno ético: ¿qué creas, de qué huyes, para quién te castigas, por qué? Me siento a veces más utilitaria que romántica, porque cuando amo, pienso que debería servir para algo. Él, cuando se fue, citó mi seriedad, diciendo que no podía encontrar la razón de su amor, que no me servía como amante.
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