Habían pasado más de seis meses desde que se habían mudado de casa y de zona de la ciudad. El chalet de Torrelodones les daba independencia. Lo habían elegido por seguridad, dominaba una amplia extensión de terreno, podían otear todos los puntos cardinales y habían colocado alarmas por todos los lados. Apenas había arboles que les impidieran la visión. Por esta razón tenían un amplio horizonte, podían ver todo el recorrido del sol y de la luna. A Mauricio le gustaba especialmente la luna llena cuando salía con toda majestuosidad desde el horizonte. Parecía que iba a poder tocar su enorme círculo naranja y a jugar con ella. Algunas noches no encendía ninguna luz y se quedaba en el patio para ver cómo esa luna hacía todo su recorrido hasta que se quedaba dormido en las noches de verano.
Ahora estaban preparados física y mentalmente para enfrentarse a todos los retos. Un espíritu de victoria los invadía, más a Mauricio, Genaro vivía el presente, recelaba del futuro.













