La esperanza y el ensueño

Habían pasado más de seis meses desde que se habían mudado de casa y de zona de la ciudad. El chalet de Torrelodones les daba independencia. Lo habían elegido por seguridad, dominaba una amplia extensión de terreno, podían otear todos los puntos cardinales y habían colocado alarmas por todos los lados. Apenas había arboles que les impidieran la visión. Por esta razón tenían un amplio horizonte, podían ver todo el recorrido del sol y de la luna. A Mauricio le gustaba especialmente la luna llena cuando salía con toda majestuosidad desde el horizonte. Parecía que iba a poder tocar su enorme círculo naranja y a jugar con ella. Algunas noches no encendía ninguna luz y se quedaba en el patio para ver cómo esa luna hacía todo su recorrido hasta que se quedaba dormido en las noches de verano.

Ahora estaban preparados física y mentalmente para enfrentarse a todos los retos. Un espíritu de victoria los invadía, más a Mauricio, Genaro vivía el presente, recelaba del futuro.

En una noche tranquila, se adivinaba el círculo de la luna creciente que entraba y salía de entre alguna nube en el cielo. Ambos se hallaban sentados al lado del césped fresco del riego reciente, y tenían una cerveza fresca en la mano. A Mauricio se le dibujaba una sonrisa, estaba recordando sus antiguas hazañas. Lo raro era que no estuviera preocupado por su falta de actividad y por no encontrarse haciendo el bien por las calles de la ciudad. Genaro no tenía ningún aspecto, su rostro no dibujaba nada, ninguna emoción, solo reaccionaba a alguna orden de su jefe.

-¿No estás contento por lo que hemos estamos haciendo? ¿Por el agradecimiento de la gente cuando les liberamos de los delincuentes? -preguntó Mauricio exteriorizando sus pensamientos.

-Yo no veo nada de eso. A veces nos han recibido a pedradas. Creen que somos policías y nos llaman torturadores. Que eso no se hace con gente pacífica, que no está haciendo nada malo. No es que no quiera seguirte, iré siempre donde vayas, pero eso es lo que pienso.

-¿Pero qué dices? Tú no pienses, que nunca llevas razón. ¿No te fijas en la gente mayor o en las madres cuando les quitamos de en medio a esa gentuza?

-Aquí, mientras uno mismo no sufra las consecuencias, les importa un bledo lo que les pase a los demás.

-La gente tiene miedo al delito, y cuando quitamos de en medio a los que los provocan, se sienten aliviados. Lo he notado cuando hemos vuelto otro día por el mismo sitio donde hemos hecho la limpieza. Hay más gente y está más tranquila.

-Alguna vez nos van a reconocer, habrá algún chivato que llame a un pistolero que nos dispare por la espalda sin que nosotros nos podamos defender.

-Lo que hacen todos es felicitarnos -intervino Mauricio sin prestar atención a lo que decía Genaro-. Pero yo no voy por eso, con ser anónimo me conformo si veo la sonrisa en los niños y la tranquilidad en los abuelos. Lo que necesita esta sociedad es gente como nosotros que vaya directo a los problemas. No andar con rodeos ni zarandajas que al final lo que hacen es que el chorizo se sienta tranquilo, pero que deja a los demás intranquilos.

-Más bien creo que deberíamos dejar que la justicia trabajara, y que se encargue de ellos, eso es lo correcto.

-Te voy a prohibir leer más libros, te calientan la cabeza y te hacen pensar demasiado. Lo que no me explico es que leyendo lo mismo que yo, todo lo interpretas al revés, cuando todo está muy claro, y lo que yo leo es lo correcto. El autor no ha querido ver algo diferente a lo que yo he leído. Te he visto leer un montón de veces el tebeo de superman, ese antiguo que tenía mi abuelo, que ya lo compró de muy mayor. ¿Qué crees que pretendía hacer ese superman cuando salvaba a un montón de gente de sus enemigos? ¿Entregárselos a la justicia o quitarlos de en medio? Como tomaba todo el poder de la criptonita, y era capaz de volar y de parar un vagón de metro que iba lanzado al precipicio era capaz de todo. Si lo has leído tantas veces es porque te gustaba cómo actuaba en favor de la gente.

-¿No me digas que te crees lo de volar y lo del vagón? Ya lo hemos hablado, eso son fantasías, es imposible en la realidad.

-Nosotros solo tenemos nuestras manos para defendernos. ¿No te has fijado que él nunca lleva armas?, lo único que tiene son sus manos. Pero si yo tuviera esa piedra…. seriamos como él y las balas no podrían con nosotros. Es una piedra verde, igual algún día encontramos una.

-Que no hay nada de eso, olvídalo.

-Sería maravilloso.

Lanzó un profundo suspiro y quedó soñando. No había duda que ese día dormiría con una paz extra. Algún día igualaría a su abuelo Isaías Guzmán, le entusiasmaba, y le quitaría la razón a su padre, que le rebelaba, aunque ya estuviera muerto. Se olvidaba de su madre, a pesar de haberle apoyado siempre, pero ella nunca se imponía a las opiniones de su padre. Estaba siendo injusto con su madre, que no la había valorado como correspondía. Alguna vez se había emocionado pensando en ella y se había culpado de no haberla prestado más atención, pero lo olvidaba pronto. Si hubiera tenido otros hermanos además de Pedro que había desaparecido pronto camino de Estado Unidos, no habría tenido tanta presión de su padre. Ahora pasaban por su mente las cosas buenas que había tenido en compañía de su amigo Genaro.

De repente, dio un sorpresivo salto y se puso en guardia, había escuchado un ruido sospechoso cerca de la valla de alambre de su casa. Genaro, que no sabía de lo que se trataba, también se sobresaltó.

-¡Quien anda por ahí! -exclamó acercándose, puesto en guardia. Un conejo atrevido salió huyendo de allí a pesar que había encontrado buena hierba fresca en los límites de la valla donde caía el agua de riego del chalet.

-¡Vaya oído más fino! Ni me había enterado -dijo Genaro acercándose donde estaba Mauricio-. Nos estamos obsesionando demasiado. Aquí no nos van a encontrar.

-No te fíes. ¿No te acuerdas cuando fuimos a recoger las cosas del abuelo para traérnoslas aquí que vimos un sospechoso merodeando por allí, y luego nos seguía un coche? Menos mal que lo despistamos antes de salir de Madrid.

-Pero ya han pasado dos meses y no hemos visto nada raro cerca de aquí.

-Los vecinos, aunque están muy lejos, empiezan a sospechar por vernos a los dos solos llegar hasta aquí. Se esperarían también mujeres, o quizá orgías. A la que echo de menos es a Ester. Ya me gustaría tener más roce con ella, llegar a más, hacernos novios, y algún día casarnos. Sería la envidia de muchos, y de todos los de la Comisaría.

-Pero si es más fea que picio. Como puedes ver algo bonito en ella, y además no para de hablar.

-No digas tonterías, es más bella que muchas de las que se presentan a los concursos de Miss.

-Ni Miss ni Moss, ponte gafas. Además, no podemos ir por los mismos sitios de antes, nos pueden localizar, ¿no dices que tenemos que tener cuidado?, por eso nos hemos cambiado de gimnasio.

-Por esa causa uno puede correr riesgos. No me voy a quedar soltero para toda la vida, como creo que tú vas camino de no casarte nunca.

-No conozco a ninguna mujer ni la conoceré, después que hace ya tantos años me dejara Lourdes. Ya se me pasó toda la pena, me han ayudado los libros, pero más tú por ser amigo mío.

-Puedes estar seguro que yo no te abandonaré.

-No sé. Porque si te casas, no me vas a llevar a tu casa.

-Ya lo veras.

-No lo digo por ti, lo digo por tu mujer.

-Ni mujer ni nada, tú siempre estarás a mi lado, y si no, al tiempo.

Ambos guardaron un profundo y prolongado silencio mientras escuchaban el sonido del viento fresco que soplaba entre los árboles, que parecían despedirlos antes de ir a dormir. Los silencios de la noche se apoderaron del espacio. Hasta se podía apreciar el débil sonido del agua de algún fino reguero que discurría cercano a la casa.

La policía ni se había enterado de la acción de La Cañada y los problemas que habían tenido después. Los traficantes no iban a denunciar nunca que les habían robado droga, dinero ni armas ilegales, tampoco Mauricio iba a contar los problemas que tuvo en una segunda incursión en el mundo de la Cañada Real.

No habían sacado nada de sus investigaciones sobre el problema del traficante que habían vigilado durante tanto tiempo y que ahora sus pistas se habían esfumado sin saber por qué, y no eran capaces de encontrar otras nuevas. Habían abandonado las líneas de investigación directa y esperaban un golpe de suerte sin buscarlo. El jefe les había encargado dedicarse a combatir el tráfico de droga en las salas de fiesta.

A Rosario no le gustaba nada recorrer la noche madrileña en locales donde había borrachos y peleas continuas, y encima, debía pasar desapercibida, lo que significaba hacer lo mismo que el resto de clientes. Y lo peor de todo era que debía ser acompañada por Martín, porque Andrés Coronado estaba de baja por un accidente de coche. Solo esperaba tardar poco en marcar los objetivos para que después los policías de base continuaran los seguimientos y el trabajo más duro de las vigilancias.

La primera noche empezaron con mal pie, y no debido al trabajo. Martin comenzó por decir que nunca había visto a Rosario con esos pantalones vaqueros tan ajustados y esa camisa de tanto escote, y que le gustaba más así.

-¡Maldita sea Martin!, ¡no seas machista! Es por pasar desapercibida y que no piensen que somos policías. Como vuelvas a decir algo así, nos volvemos otra vez a Comisaria y doy cuenta al Jefe para que venga otra persona conmigo, o tú te vas con otro -exclamó con seguridad y cansada de las salidas de su compañero. En ese momento se dirigían a la discoteca Bristol de la calle Velázquez.

-Vale, vale. No te preocupes. -zanjó el tema. Pero ella, por experiencia, sabía que volvería a lo mismo con cualquier otra situación.

Dejaron atrás la puerta de Alcalá. A pesar de ser una noche fría de sábado, las calles estaban animadas y por todas partes se veían grupos de personas y parejas que iban de un lado a otro visitando bares, cafeterías o discotecas.

Aparcaron bastante lejos, no había aparcamiento en las inmediaciones de la sala de fiestas. La mayoría venía en su coche a pesar de que no se iban a privar de beber. Era una calle pequeña, no se veía nadie cerca. Todos deambulaban por calles principales. Era un poco tarde. Habían decidido salir a esa hora, porque de esa forma los traficantes estarían en su pleno apogeo. No se arriesgarían si no pensaran que el negocio era seguro y sin ninguna dificutad. Podían camuflarse mejor en locales abarrotados.

Salieron a la calle Velázquez, más iluminada y con más ambiente. La puerta estaba flanqueada por dos porteros gigantes, de cara y cabeza redonda y anchas espaldas. La sala se encontraba llena, Rosario y Martin debían empujar para llegar a la barra. No tenían prisa en consumir, sino espiar todo el que se encontraba a su alrededor. Martin solo se fijaba en una chica que bailaba sola, aunque parecía acompañada por su novio que bebía en la barra.

-Mira Rosario, como se mueve.

-Martin, no me provoques, hemos venido a trabajar.

-Fíjate en ese de la barba y vaqueros, le ha dado algo a la chica de rojo.

-¡Pero si no le ha pagado!

-Debe haberlo hecho muy disimuladamente, o un poco antes y no lo he visto. Ahora va buscando a otro cliente, debe conocerlos ya.

-Preguntaremos al camarero, o mejor a la camarera, que está muy buena.

-Ni se te ocurra. No puede saber nadie que estamos aquí, puede que estén compinchados y que los avisen.

-Entonces los trincaremos.

-¿Y qué vamos a demostrar?

-Tonterías, yo sé cómo sacarles todo.

-Como se te ocurra hacerlo, me voy a Comisaría a redactar un informe completo para el jefe.

-Bueno, jefa. ¿Qué quieres que hagamos?

-Estate quieto aquí, y fíjate en lo que hace el de la barba.

El padre de Rosario se había opuesto a que ella ingresara en la policía. La falta de confianza de su padre había debilitado su convencimiento en que fuera a realizar bien este trabajo y en sus ideales de joven. Pero a medida que pasaban los años más le gustaba y más se implicaba en hacerlo bien. Se había entrenado bien, sería difícil que un delincuente de pacotilla la sorprendiera y la pusiera en el compromiso de luchar por su vida en desventaja. Se había casado con un compañero que había conocido en la academia. No había problemas entre ellos, sabían de las servidumbres que tenían. No le gustaba trabajar de noche, solo lo asumía por el buen resultado que esperaba. No podían seguir en el limbo de las investigaciones. El trabajo de la noche significaba pan para el resto del día. Querían atrapar a Domingo Puertas de una vez, con esto resolverían muchas cosas.

Martin, por el contrario, era un desequilibrado inestable. Su vida privada no había cuajado, ni tenía visos de cuajar. Se había casado hacía mucho tiempo, y también se había separado hacia casi lo mismo. Sin embargo, había tenido un hijo que su mujer se había quedado, y no lo había vuelto a ver casi desde la misma separación. Tampoco hizo mucha intención para poder reunirse con él. Para él la separación había sido como quitarse un grano de la cara, al principio se ve mucho, pero tarda poco en quitarse la señal.

Un camarero les estaba marcando de cerca, lo detectaron enseguida, no debería ser trigo limpio. Se fueron a otra barra donde no podían ser vistos por el camarero, y pidieron otra consumición. Rosario coca cola y Martin Cubalibre de Dyk.

-Después llevaré yo el coche -dijo Rosario-. Ahí está otra vez el pájaro, hace otra operación con el joven ese que no parece tener 18 años. Vamos a tener que inspeccionar otro día este local, creo que admite a menores a esta hora de la noche, le vamos a pegar un palo.

-No seas tan dura, seguro que les habrá engañado con la edad.

-Pues que les pidan el carnet de identidad.

-Otra vez está aquí esta tía que se mueve tanto, me voy a acercar a ver si quiere algo conmigo.

-No empieces otra vez.

No se atrevió. Desde que estaban dentro de la sala, habían ido subiendo los decibelios de la música, sin darse cuenta. Ahora apenas podían escucharse uno a otro y tenían que forzar mucho la voz. Se notaba que no estaban al tanto de la música de moda en las discotecas, se les había pasado la edad de visitar en este tipo de locales. Quizá fuera música electrónica con mucho ruido, con la intención de volver loco al personal con el movimiento y el sonido tan fuerte. Había otros locales más acorde con su edad. Los que había de su edad allí no iban ni por la música ni por bailar.

Un chico joven se puso al lado de Rosario y quiso entablar conversación, sin ésta mirarle y sin hacer caso.

-¿No ves que está conmigo? -grito Martín.

-Bueno, bueno, perdón; como no bailáis, creí que podía ser tu hermana.

-No me provoques, vete de aquí inmediatamente.

Obedeció ante la contundencia de Martin.

-Te he salvado, no digas que no.

-No hacía falta, yo me puedo valer por mí misma, lo que no quería es formar un escándalo para que luego nos fallara el plan, como casi lo has hecho tú.

-Ni las gracias me das, al revés.

El sonido era insoportable para el que no estuviera metido en la orgia de alcohol y drogas. Se notaba en el ambiente que se había consumido bastante, la música se metía en los cerebros, y la gente se movía sin querer. Los sentidos se embotaban, y solo se mantenía la obsesión por el sexo inmediato, a corto plazo. La inconsciencia del mundo anterior a ese momento, el olvido de todo por unas horas de inmersión en la recreación artificial de la felicidad. A la mañana siguiente vendría la realidad, después de haber pasado el desierto de la nada. Lo peor era que durante la semana se estaría ansiando la vuelta a empezar, que ellos pasarán como un castigo el resto de actividades de la semana. Lo artificial se convertía en objetivo. Y vuela a empezar. Rosario veía marionetas a las que moviera otra persona. Quedó extasiada por unos minutos con estos pensamientos, dejando de lado su trabajo. Se preguntaba cómo se podía caer en las garras de la droga y la inconsciencia, compraban la felicidad a plazos, una felicidad con corto recorrido. Se cabreaba con la gente que después decía que no se arrepentía de nada, a pesar de notarse un deterioro corporal y mental a la vista. Cuando ella se arrepentía de tantas cosas, a pesar de no haber caído en muchos de los vicios de la mayoría de la gente. Se arrepentía de no haberse sentido más próxima a sus padres, aunque en muchas cosas no les hiciera caso, abandonados ya solos a su edad de 80 años en un pequeño pueblo de Ávila. Pasaba semanas sin acordarse de ellos, pero cuando lo hacía se arrepentía siempre de no intentar tener noticias de ellos. Incluso ahora, en medio de tanto ruido se sentía emoción por estos pensameintos. Veía a Martin moverse como en un incipiente baile cada vez más cerca de la chica que le gustaba. Él era uno de ellos. Estaba en su salsa, pero durante el día entraba en el pozo oscuro y se le notaba amargado. Protestaba por todo, no profundizaba en nada. No se comprometía con nada.

Gracias a que el de barba que estaban vigilando pasó delante de ellos camino de la puerta.

-Se va. Martin, vamos.

-Espera, que ya lo tenemos localizado.

Martin se acercó a la chica que bailaba y la dijo algo al oído. Ella se sobresaltó y se enfadó hasta el punto de gritar:

-¡Que dice este cerdo!

El novio lo escuchó, fue hacia él e intervino Rosario.

-No pasa nada, ya nos íbamos.

Agarro a Martin del brazo y lo presionó hacia la salida.

-¿Pero qué haces? Es la última vez que salgo contigo por la noche. Espera que no informe al jefe, ya me tienes harta. Vamos a seguir a éste, y esta vez compórtate.

El de la barba siguió por la calle Velázquez adelante, y giró por la de Adela Ginés para ir a la de Zurbarán. Allí había otra discoteca en la que vender.

-Esta vez no vamos a entrar. Quédate aquí cerca de la puerta para ver si sale, yo voy por el coche para tenerlo preparado. Y no te metas dentro. Ya está bien de beber.

Al volver no lo vio por ningún lado. Ya pensó que había entrado, y notó que se le subía la adrenalina en contra de Martin. Estaba dispuesta a todo. De repente salió de entre los coches. No sabía dónde se había metido. Era peor que se hubiera metido en la discoteca.

-¿Pero no estabas vigilando la puerta?

-Salió uno con barba y se fue en esa dirección -apuntó hacia la derecha-. Menos mal que no era él, porque cogió un coche y salió pitando.

-Está bien, vamos a esperar aquí. Si no me equivoco, éste nos va a conducir hasta el almacén. No creo que lleve mucho encima para que no se le detenga por tráfico, y todavía queda mucha noche para poder vender.

-Muy lista. Pero te puedes equivocar.

-Puede ser, entonces vendré otro día hasta que caiga. Pero ya no vendrás tú, me traes muchos problemas.

Mientras estaban en el coche, Rosario al volante y con la mirada fija en la puerta, Martin no paraba de hablar, como si aquel trabajo no fuera con él.

-¡Qué ambiente había allí dentro! Eso sí que me gusta. Vendré más veces. Tengo que decir que no lo conocía. Yo voy a una discoteca que hay por Ópera. Pero ya estoy cansado de ir. La cambiare por esta. ¿A ti no te ha gustado?

Ella no respondía, no hacía caso, pero no por eso dejaba de hablar.

-Hay que divertirse, pero parece que a ti no te gusta. Después de toda la semana de trabajo, si no fuera por esto…. Si yo te contara lo bien que se puede pasar… Pero claro, es que mi amigo Juan es muy animado, casi tanto como yo, me lo paso muy bien con él, y más cuando ligamos. Mi amigo trabaja en el Banco de Santander. Vaya trabajo, todo el día viendo dinero, el dinero de los demás. En casa del herrero, cuchillo de palo, yo le digo, vas a odiar el dinero. Pero él me dice que no es una profesión como la del carnicero que sí odia la carne después de estar todo el día despachando, y le gusta más el pescado, o como yo, que tengo que odiar por narices a los chorizos, y yo le digo que a algunos policías también los odio. Pero quien tire el dinero por odio, no tiene ninguna comparación con ninguna otra cosa, no hay respuesta, es que se muere de hambre, ¿entiendes?

Rosario creyó que había sido por causa del alcohol que le había dado por hablar sin parar más que otras veces. Podía quedarse dormido hablando, e incluso, que hablaría entre sueños. No conocía esta faceta tan disparatada de Martin, por las mañanas, cuando estaba sobrio, hablaba, pero no hasta tal punto, por lo menos dejaba hablar a los demás.

-¡Calla! ¡Ahí está! Vamos a ver a dónde va.

-Está al lado de aquel coche, es un Fiat bravo azul.

-Sí, parece que lo abre.

Siguieron a ese Fiat a una prudente distancia. No fue difícil. Madrid a esa hora estaba vacío por ciertas calles, excepto las que concentraban las zonas de diversión. Cogió después por la calle Arturo Soria desde el principio y ya no la abandonó, porque aparcó al lado de un formidable chalet blanco, grande como un castillo, con una buena zona de césped y circundado de palmeras. Llamó a un telefonillo. Debió dar una clave al que escuchaba, la puerta se abrió.

-Vamos a esperar aquí, no creo que venga a dormir, ésta no puede ser su casa, parece un simple traficante -argumentó Rosario.

-Vaya vida que se pega esta gentuza.

-Hay algo que no cuadra en todo esto. No es posible que un traficante minorista venga a una casa como ésta donde parece que vive el jefe de todo.

-Con más razón. A nadie se le ocurre que haya un traficante aquí.

-¿Y dónde crees que viven, en chabolas? Lo único que veo raro es que ponga en peligro la organización por un fallo de estos. Es muy fácil detectar a un minorista y seguirlo para dar con todo el tinglado, y no hacerlo con un escalón intermedio. Puede haber dos razones: o que éste sea realmente el intermediario o que no haya gente para repartir por las discotecas y lo tenga que hacer el que se aprovisiona aquí, o que no se fíen de nadie y lo deba hacer él mismo. En todo caso hemos tenido suerte, al menos caerá uno importante.

-Ya me está entrando sueño. Esto es un poco aburrido. En la discoteca no me pasa esto, ¿ves? Con la tranquilidad que hay aquí, sin ningún ruido, me caigo.

-Cuando salga uno lo encerremos en otra sala de fiestas y nos vamos. Ya tendremos segura toda la trama.

-¡Ya tarda!. Estará liquidando las ganancias, y recogiendo más mercancía, o mezclándola con porquerías y apartándola.

-Bueno, eso lo debían tener ya preparado. Estate tranquilo. Tenemos que quitar de en medio a esta gente, y los que tengan hijos estarán más tranquilos. Tú tienes uno.

-¡Desde que hace que no lo veo…! No me lo recuerdes. Aquella zorra de mi mujer que se largó y no me lo dejó ver, y yo pasando la pensión para que la disfrutara con otro. Con todo lo que hice por ella. Mira que mi padre me lo había dicho, que no me casara con ella, él no la veía para mí, yo que era tan serio, y ella una cabra loca, que no miraba por su casa. Solo la interesaba estar de fiesta y en la calle. Abandonados nos tenia.

Rosario lo dejó hablar, al menos no le daría la paliza diciendo que se aburría y que se quería volver a casa a dormir. Sabía que todo lo que contaba no era verdad. No lo había conocido en la época que contaba, pero solo bastaba mirarlo a los ojos para saber que mentía; y ver cómo se comportaba, para comprobar que era lo contrario a como él lo relataba. Lo conocía muy bien. Era de ese tipo de personas que distorsionan la realidad. Creen que solo ellos son los que actúan bien, cuando los demás piensan que son engreídos, mentirosos, machistas, neuróticos, poco amables, inútiles, incapaces, inestables o mediocres. El mecanismo de defensa de Rosario era desconectar de la conversación. Si atendiera a todos sus discursos, después de haber bebido, se volvería loca o le entraría tal rabia que no se podría controlar y llegarían a las manos, si es que él no se acobardaba antes. A veces le daba la impresión que cuando le plantaba cara a Martin, éste retrocedía.

-Se enciende una luz en la puerta de salida -dijo Rosario cuando Martin seguía contando los gastos caros de su mujer que le iban llevando a la ruina.

-Ya podremos irnos, por fin.

De nuevo otro paseo por el Madrid nocturno. Rosario no podía fijarse en nada más que en el coche que llevaba delante, al contrario que Martin, que se le cerraban los ojos y no miraba a ningún sitio, entre parpadeo y parpadeo solo veía a medio metro de él, la guantera del coche. En una de las ocasiones que abrió los ojos, exclamó:

-¡Ahí va, pero si estamos a la puerta de la discoteca a la que vengo todos los fines de semana!

-Es donde ha entrado nuestro “amigo”, y ni siquiera te has dado cuenta.

-Pues yo no lo he visto nunca por aquí.

-No me extraña. ¡Dónde mirarás tú!

-Cuando vengo aquí no estoy trabajando.

-Nosotros trabajamos siempre, ¿lo has olvidado? Este tío no está repartiendo bombones. Bueno, nos vamos a dormir.

-Ahora que me estoy animando. Seguro que está mi amigo ahí dentro. Le dije que hoy no lo podía acompañar.

-No estropees todo lo que hemos trabajado hoy. Ni se te ocurra darte a conocer a ese traficante, o todo se vendrá abajo, limpiarán toda la mercancía. Debes hacerme caso, esto sí que no te lo perdonaría. ¿Me has entendido? Tengo formas de enterarme.

-Sí, jefa.

-A dormir. Mañana tenemos que estar de vuelta en la oficina.

Ya llevaban casi un año encerrados en aquel chalet de Torrelodones. Mauricio nunca había leído tantos libros en su vida y había practicado tanto tipo de lucha cuerpo a cuerpo, no quería aprender con ningún tipo de arma, le bastaban sus manos. Solo utilizaría alguna herramienta para abrir puertas o ventanas sin hacer ruido, porque Genaro lo podía hacer con sus propias manos, pero despertaría a medio barrio y eso a veces no convenía.

Otra arma poderosa que utilizaba eran los libros, que alimentaban su mente. Ese alimento no era de una dieta variada, sino que todo iba en un solo sentido, a engordar y engordar sus propias fantasías.

Su biblioteca crecía con temas que tenían que ver con lo mismo, incluso en este año se había multiplicado, siguiendo con Julio Verne; Harry Potter siempre le había fascinado desde que vio la publicidad sobre la película, que además de ir a verla muchas veces había comprado los libros, y soñaba con los magos todopoderosos. Las crónicas de Narnia, la historia interminable, se imaginaba volando entre las nubes, con el Señor de los Anillos se imaginaba luchando contra un millón de orcos que querían invadir su territorio y derrotándolos a todos.

Había leído libros sobe el kata de ikinawa, y sobre los grande maestros Shotokai Gichin Funakoshi, Shigeru Egami y Genshin Hironishi.

Los libros le hacían creer que iba a convertirse en un justiciero para luchar contra todos los males que veía por todos los rincones de la ciudad. De cuando en cuando se le aparecía la figura de su abuelo. Se sentía inflado de valor y que era invencible por su preparación y por los principios que había adquirido con la lectura.

-¿Tú crees Genaro que podría volar? -exclamó en un momento de éxtasis mientras leía la Historia Interminable.

Era una tarde apacible de otoño. El sol entraba en pleno patio del chalet, pero no calentaba demasiado, solo lo justo para sentirse confortables. Genaro se entretenía tratando de sacar con una navaja, una figura humana en un trozo de madera sin conseguirlo desde hacía varias horas. El trozo se iba quedando cada vez más pequeño, al final le faltaría madera para llegar a su objetivo.

-¿Qué dices? ¿Pero te vas a creer todo lo que ponen esos libros? Hasta hoy, solo vuelan los aviones y los pájaros.

-Pues yo he soñado muchas veces que empezaba a volar y que me escapaba cuando me tenían rodeado y sin defensas.

-Confundes la realidad, no vamos a cometer una locura por tus libros. Ya ha muerto gente por trastornos parecidos.

-Todo está en la mente y en la voluntad, si lo deseas y estás preparado mentalmente, lo consigues.

-Que no se puede, no tenemos alas.

-¿No ves en las películas que pueden volar?

-Vamos a ver, hace años, cuando yo trabajaba en el andamio, uno que trabajaba conmigo se cayó del octavo piso y se despanzurró. Por no hablar de mi amigo que por la droga que había tomado cundo estaba también en un andamio se cayó y nada se pudo hacer. Solo hizo falta que se cayera de un cuarto piso nada más.

-¿Cómo hablas así? Seguro que no creían en que podían hacerlo, y además no habrían entrenado.

-No, sólo que no llevaban el arnés para no caerse. Semanas después, si yo no lo hubiera llevado, hoy no estaríamos hablando aquí. Hasta que no se mató éste, no empezamos a ponernos esto. Tengo que darle las gracias. Mi amigo fue que por estar drogado ni se acordó de poderse protección.

-Tú antes no creías.

-Ni ahora tampoco.

-Tendremos que hacer una prueba.

-Ni se te ocurra -abrió los ojos como platos Genaro, porque se estaba temiendo lo peor. Y como no podría hacer rectificar a su amigo, prefirió seguirle la corriente, harían algo a su manera. Después de unos segundos continuó-. Bueno yo te llevaré a un sitio donde puedes practicar lo que quieras.

-Menos mal, amigo mío, que has comprendido todo lo que quiero decirte.

-Bueno. Pues ahora me tienes que hacer caso a mí en otro asunto: vamos a darle un palo directo a ese cabrón de Domingo Puertas. Lo he leído en un libro.

-Ya estás empezando a pensar por ti mismo, vamos a ver si no nos metes en ningún lío como en el que estamos ahora.

-Sé muy bien lo que hacer. Y este no es por mí. No teníamos que haber actuado dos veces en el mismo sitio, ya lo habíamos dicho.

-Está bien, ya me explicarás como hacer la prueba esa.

Tanta lectura del mismo signo comenzaba a ablandarle los sesos. Se metía en la lectura tan en profundidad que parecía un pozo sin fondo y podía estar horas sin atender a su amigo ni a las comidas ni al sueño. Hasta parecía hacer gestos según leía para imitar lo que se le transmitía. Ni el mismo autor de los relatos se metería tanto en los personajes. Ya se lo decía de vez en cuando su padre cuando empezaba a leer ese tipo de novelas, en lugar de sus estudios de psicología, que el propio Mauricio había elegido en lugar de las preferencias del padre que le había sugerido estudiar economía para seguir con el negocio bancario. Hasta su propio abuelo le habría advertido del peligro de sus lecturas. Mauricio creía seguir la trayectoria de su abuelo con la diferencia que no tenía un ejército detrás de él, por eso necesitaba tener otros poderes que mitigaran esa falta. ¿Es que su abuelo no sentía el honor, la justicia, la defensa de la Patria, de la gente, cuando luchaba allí con peligro para su vida?

Cuando la lectura de Mauricio se convertía en eterna e ignoraba a su amigo, éste se encerraba en el gimnasio que habían construido en una habitación del chalet. Tenía todos los aparatos imaginables para cultivar cada uno de sus músculos, y el imprescindible tatami. Quería ejercitar sus brazos y endurecer sus manos. Después se cansaba corriendo a tope en la cinta de correr hasta el agotamiento. Era una estrategia. A continuación empezó a practicar el Bassai Dai, el Bassai Don, Enpi, Gankaku y otros que ya dominaba a la perfección. Se imaginaba una lucha de él solo contra un numeroso grupo de enemigos, quería comprobar imaginariamente se vencía a todos cuando ya sus fuerzas se rendían y estaba a punto de desfallecer después de haberse agotado  en el gimnasio.

Entonces fue cuando vislumbró a Mauricio en el marco de la puerta, pues tenía tras de sí un pasillo semioscuro en contraposición con la estupenda iluminación del gimnasio.

-¿Te atreves a luchar contra mí? -dijo Mauricio sin moverse de la puerta.

-Sí -respondió sin mucho entusiasmo.

Genero relajó sus músculos y volvió a recorrer su energía todo su cuerpo. Siempre se encontraba dispuesto a enseñar a su jefe y hacer que adquiriera una gran fuerza y destreza para poder defenderse como él, pero esta vez lo había sorprendido sin apenas resuello, por haberlo apurado en el primer entrenamiento e imaginaria pelea posterior.

Se saludaron al estilo del karate, uno frente a otro haciendo una leve inclinación de cabeza y juntando las manos cerradas una sobre la otra. Comenzó el combate. Se pararon todos los golpes durante un buen rato. Hasta que Mauricio lo sorprendió con un Migi ashi dachi que lo hizo retroceder varios metros. Genaro quedó admirado cómo lo había podido engañar con un movimiento rápido de despiste. Volvieron a pararse los golpes de puño y patadas. Genaro aún no había podido endosar ningún golpe limpio sobre el cuerpo de su jefe. De nuevo, esta vez un Tekki Nidan impactó sobre su cuerpo que le hizo encogerse. Cuando peleaban entre ellos medían la fuerza de su lucha y no la empleaban al máximo para no causarse una grave lesión.

Genaro había dejado ganar a su jefe muchas veces, muy pocas lo había hecho él para que no sospechara que era mejor. En esta ocasión no había sido así, había puesto toda la carne en el asador para que su cansancio no le hiciera quedar en desventaja notoria, pero Mauricio le ganaba con todas las de la ley, y no lograba abrir un hueco en su defensa para darle un solo golpe. ¿Sería verdad que los libros le daban un poder especial? ¿Habían fortalecido su mente hasta el punto de resultar invencible? Era la primera vez, pero por su forma de luchar, de la noche a la mañana, le estaba derrotando, y se temía que iba a continuar haciéndolo. Y esta vez no estaba simulando. Mauricio leía por aquellos días Harry Potter, ¿habría aprendido a utilizar la magia igual que sus personajes? Tendría que leerlo el también por si había algún secreto dentro. Si lo había, el podría también aprenderlo.

Mauricio comprobó el principio de desánimo de Genaro por haber recibido golpes y no darlos, se retiró a un extremo del tatami e inclinó la cabeza.

-Vamos a dejarlo por hoy.

-Sí, estoy cansado del entrenamiento anterior -respondió e inclino la cabeza.

-Estás sudando mucho, Genaro.

-Y tu pareces recién salido de la cama, sin cansancio. ¿De dónde sale tu fuerza y tu destreza?

-De aquí -dijo apuntándose a la cabeza.

-¿Tanto has aprendido desde hace tres días que nos entrenamos, que quedamos empate? -le preguntó mientras pensaba que otros días le dejaba ganar.

-Te dije que la mente tiene unos poderes que podremos utilizar con entrenamiento y aprendizaje. Ya verás cuando podamos volar y hacer magia.

Genaro se dirigió a la ducha, Mauricio no necesitaba ducharse, ni siquiera se había despeinado. Mientras le caía el agua encima de la cabeza iban invadiéndole un mar de dudas. No lo podía creer. Tendría que estar más atento a su amigo para ver cómo conseguía esos poderes. Si antes lo consideraba un Dios en otros aspectos que no eran los de su fuerza física, ahora comenzaba a sospechar que lo era por partida doble. Lo llevaría al lugar donde practicaría el vuelo, como él quería. Ahí iba a ser donde se convencería completamente o Mauricio abriría los ojos.