Cuando se cree y cuando se ama

La Gran Vía era un hervidero de gente. Amenazaba lluvia, pero la temperatura era agradable. El invierno en la ciudad había sido particularmente duro, se habían resignado a quedarse en casa sin salir, y ahora lo hacían por venganza, no les importaba mojarse si caía algún chaparrón. Mauricio había decidido sacar a Genaro para que recuperara el pulso a la calle. Pero en primer lugar se pasarían por el gimnasio para entonar los músculos y hacer algunas catas. Recorrió con el coche el centro para pulsar el ambiente. Lo que ocurrió fue que también había ambiente en el tráfico, y eso le hizo cabrearse y arrepentirse porque perdería un tiempo que necesitaría si quería darse una vuelta cuando acabara el gimnasio para inspeccionar.

No pudo apreciar nada de lo que ocurría fuera del habitáculo del coche. Pero Genaro iba abstraído mirando el exterior, necesitaría paciencia hasta que se recuperara. Daba la impresión de haber sido herido más que si lo hubieran acuchillado. Cuentan que a veces una pena es más mortal que una bala, te mata poco a poco, pero es segura. Ambos habían pasado por perder a todos sus antepasados y no tenían familia directa. También dicen que es peor perder algún descendiente, sus padres habían muerto porque les había llegado la hora, no había ningún trauma en ello. Mauricio era lo que había asimilado, lo sintió con serenidad, quizá fue su educación, o su falta de coraje. Se había comportado lo mismo que si le hubiera tocado un gran premio en la lotería, sin que subiera su adrenalina, como si estuviera escrito que tenía que ocurrir. Como también estaba escrito que tendría que hacer algo grande que se le recordara siempre, para contradecir a su padre, lo malo era que ya él no estaba aquí. Lo haría por sí mismo, y se quitaría una espina que tenía clavada. Por eso, cuando ya habían entrado en los Bulevares, habían dejado atrás el atasco y su humor subía, se dirigió a Genaro que aún no había abierto la boca:

-Si queremos hacer algo por esta sociedad, hay que arriesgar, no podemos quedarnos en las tonterías que hemos hecho hasta ahora. ¿Verdad?

No hubo respuesta. No había escuchado más que su interior.

-¡Cuidado! -gritó Mauricio y frenó bruscamente, para llamar la atención.

Genaro llevó sus manos al salpicadero instintivamente, pero no salió una sola palabra de su boca, solo le hizo despertar un poco más.

-¿En qué piensas? Reacciona. No puedes estar así siempre. ¿Ni siquiera lo vas a hacer por mí? Ya no tenemos a nadie. Si no lo hacemos el uno por el otro, por nuestra amistad, nadie va a venir a consolarnos.

-Para eso está la ayuda social. Y si esta falla, tenemos a la Iglesia, que siempre está ahí para ayudarnos.

Le sorprendió aquella respuesta. Había esperado otra que le hiciera pensar que iba a salir de su estado de ánimo, pero el reconocer que podía durar y encomendarse a profesionales o religiosos, no lo concebía. Esto era más grave de lo que había creído. Decidiría no ahondar en el tema, esperaba que con el tiempo fuera remitiendo aquella enfermedad, para eso estaba él. Si lo perdida, perdería su gran apoyo, su otra mitad. Tardaría más en conseguir su objetivo.

-Hay que tener los pies sobre la tierra. Nosotros solos no vamos a arreglar el mundo -prosiguió Genaro después de una pausa.

Cada vez lo comprendía menos. En las tres semanas que no lo había visto había cambiado como de la noche al día. Le costaría revertir la situación. No había hablado más en toda su vida, y amenazaba con seguir haciéndolo, si no le cortaba y se convencía a sí mismo de sus ideas, no podría corregirlo y lo perdería para su causa para siempre.

-Vamos a tomar un café en el bar de Pedro -dijo Mauricio como último recurso-. Dejaremos el gimnasio para otro día

Ahora se trataba de ejercitar su espíritu y sus ideas en lugar de su cuerpo.

Estaba preocupado por su amigo, si no corregía la situación podría perderlo, y ya no lo acompañaría más. Si no coincidía con lo que él pensaba, su amistad desaparecería. Estaba destinado a hacer algo importante, y parecía que la confianza de Genaro se había diluido con la muerte de su madre. Podría ser que estaba más convencido en otro tiempo porque querría impresionar a su madre mientras vivía, que se sintiera orgullosa. Pero había pasado el tiempo y no lo había conseguido. Eso imaginaba Mauricio, porque él no decía una palabra.

Se colocaron en un rincón de la cafetería, a esas horas medio vacía, delante de un café con leche cada uno. Miró directamente a sus ojos para ver lo que pasaba por su mente. Notó mucha tristeza, casi irremediable, había que intentar recuperarlo.

-Genaro, nunca has hablado conmigo dos frases seguidas, no me has contado nada de cómo te sientes, pero yo notaba que estábamos unidos, éramos, y somos, uña y carne. ¿Puedes hacer un esfuerzo y contarme qué te ocurre?

-No sé -intervino inmediatamente. Pero se cortó enseguida lleno un mar de dudas. Sin embargo, notaba que quería continuar hablando. Mauricio esperó.

-Anoche empecé a leer un libro de los que tenia tu abuelo -prosiguió, aunque le costaba-. Pero enseguida pensé: mira, nosotros no somos policías, ni miliares, ni tenemos ayuda, ¿Qué podemos hacer? No vamos a arreglar nada. Tu abuelo tenía un ejército detrás, una misión, la policía tiene a gente como Ester que les informa desde su oficina. Eso es todo.

Mauricio no respondió inmediatamente. Pensó unos minutos. Debía contestar con argumentos sencillos y certeros para que lo entendiera y se convenciera.

-Tú no has visto tantas películas como yo, pero alguna has visto sobre este tema. Nosotros podemos hacer más que ellos, no estamos atados de pies y manos. Es verdad que no vamos a hacer una guerra nosotros solos. Pero limpiar la calle de delincuentes sí podemos. Nosotros tenemos el arma más poderosa que pueda existir: la libertad y la razón de intervenir en cualquier caso que se nos presente. ¿Por qué? Nosotros no llevamos pistolas, por eso creen que van a poder con nosotros fácilmente y nos atacan, ¿y qué hacemos nosotros? Defendernos, utilizar la legítima defensa. Eso es más legal que muchas cosas que se hacen por ahí.

-Pero cualquier día nos sorprenden, y vamos a terminar mal, en el cementerio.

-¡Que dices! ¿No confías en nuestra preparación? Desde luego que como tú estás ahora de ánimo y de entrenamiento nos pillarían a la primera. Si lo hacemos bien, nosotros venceremos siempre. Tenemos que aprender más tácticas y técnicas, cogeremos otro profesor que nos enseñe el arte antiguo de pelear chino. Vamos a machacarnos en el gimnasio, si tenemos la mente fuerte, podremos hacer cualquier cosa, no se nos resistirá nada. Hasta puedes dar saltos que te hacen volar, con la suficiente fuerza física y mental. Dime que lo vas a intentar.

Al mencionar el cambio de entrenador y de experimentar nuevas cosas, le animó algo.

-Está bien, lo intentaré.

-Estupendo. No esperaba menos de ti, y ahora que vamos a estar juntos todo el día, ya verás cómo aprendemos. Tú no te preocupes por el dinero, tengo más del que podamos gastar, y qué mejor que utilizarlo para nosotros solos y para nuestra preparación, para hacer el bien.

En este momento vieron entrar a Ester y a su amiga María; lo peor es que ellas también los vieron, no se lo pensaron y se dirigieron a su mesa. No era buen momento, les habían interrumpido, era muy importante convencer a Genaro, y Mauricio no había terminado de rematar su faena. No había más remedio que dejarlo para otra ocasión.

-Hacía tiempo que no os veía por aquí -dijo Ester sentándose en una silla libre, lo mismo que su amiga.

-No hemos podido -respondió Mauricio, y no le dio tiempo a decir nada más.

-Te tenía que contar muchas cosas, como no has estado… Se ha casado el otro día mi mejor amiga del barrio, aquella que te conté, Silvia, ¿te acuerdas? Estuve en la boda, qué bien iba Silvia, estaba de guapa… La celebración fue en el salón de Reina Victoria. El que no me gustó fue el novio, ni su familia, no llegaban a la altura de Silvia. Su hermano se portó muy mal, solo atendía a su familia, y encima puso a Silvia en un compromiso cuando le quiso cortar la liga, menos mal que dijo que no y que no.

Con la leve interrupción de pedir el café, nadie habló excepto Ester. La amiga parecía confortable sin decir nada. Solo miraba de vez en cuando a Genaro. Y parecía sonreír. Pero él aún se hallaba sumido en la melancolía. Apenas entraban clientes, no había distracción, ni se sentaban en las mesas cercanas, que pudieran escuchar su conversación. Los camareros se entretenían haciendo sus labores de limpieza, los clientes estaban todos servidos.

-¿Qué te parece lo que te estoy contando Mauricio? -prosiguió Ester. Pero en lugar de esperar a que respondiera, dijo:

-La comida fue de pena, todo el mundo se quedó con hambre, dos langostinos y una pierna de cordero que parecía que había pasado hambre, como nosotros, y la tarta, de las baratas.

-Algo más… -empezó Mauricio.

-Luego el baile menos mal que estuvo un poco mejor. No había orquesta, solo pusieron discos, pero el sonido era bueno. El vals no lo sabían bailar. Fíjate que en la Iglesia ni me emocioné, y eso que es mi mejor amiga, el cura era un poco soso –Ester dio un saltó del final al principio de la boda. Esto pintaba que iba para varias horas de monólogo. No podía ser, porque en teoría deberían estar trabajando, solo habían bajado a tomar un café de veinte minutos, llevaban media hora, y amenazaba con alargarse. Entró su jefe a tomar una cerveza, ¡gracias a Dios!, no los miró, se podía decir que no los había visto. Pero Ester si, y empezó a zozobrar. Aún así, continuó durante unos minutos.

-A ver si nos vemos más despacio Mauricio para terminar de contarte todo. Nos tenemos que ir. Hasta luego.

No hicieron ademán de pagar los cafés. Ellos no dijeron nada. Se quedaron con la misma cara que habían tenido hasta ese momento. Ahora sí que se decidieron ir al gimnasio para desahogarse.